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domingo, 22 de noviembre de 2015

Confieso mi amor.

Me despierto temprano. Pongo los pies en el frío suelo de mi habitación y se eriza toda mi piel. Qué sensación más extraña. Me pongo la sudadera y me preparo un café en la cocina. El sonido de la cafetera ya empieza a despertarme. Un suave aroma a café empieza a decirme que es hora de encenderme el primer cigarro del día mientras doy pequeños sorbos a la taza.

Me acerco a la ventana de la esquina, dirección al mar, y me enciendo el cigarrillo. Poco a poco, el mar empieza a volverse de un color cobrizo, poco a poco el cielo, poco a poco...

El día no se da por vencido, el sol vuelve a hacerse paso entre las nieblas marítimas y el olor a frío del rocío se mezcla entre el aroma de la cafeína y la nicotina.

Cierro los ojos y por un pequeño instante, escucho los barcos despertar y a las gaviotas reírse de mí, la estúpida levantada un domingo a las 7. Cierto es que hacía tiempo que no sentía algo así. Y la brisa del mar me peinaba a su manera y me hacía sonreír sin sentido alguno.

Pocos placeres de la vida se asemejan a este.

Siempre el mar curando mis heridas.

lunes, 24 de agosto de 2015

Las cosas que son.

Cómo pretendes que te explique
lo que pasa por mi cabeza
las veces que
los olores delatan ausencias,
si cada vez
que
me propongo decirte
sólo me sale
tocar.

Tocar ese manto de estrellas
del cielo
de las noches
de las sábanas
que cubren nuestros sueños
y tu espalda.
Y la luna de tu sonrisa
que combina con el color
de tu ocaso
en mi mar.

El mar que me salva de
todo aquello que me mata.
Del mar salado
de
tus mejillas cuando lloran
porque los sentimientos
salen a nadar.
En noches de luna nueva.

Nueva
la
poesía
que 
cada
noche
y
yo
podremos
crear.


miércoles, 6 de agosto de 2014

Fragmentos inventados de noches olvidadas.

A menudo recuerdo:

(...)

Sacó las llaves del bolsillo cuando giramos la esquina antes de llegar al portal y recordé que yo también lo hacía, cuando estaba en casa. La nostalgia apareció hasta que el sonido de las llaves abriendo el portal me devolvió al momento. Me dejó pasar primero con esa sonrisa que tanto echo de menos para luego cerrar la puerta suavemente.
-¿Preparada?.- Preguntó antes de subir tres pisos por las escaleras.
Asentí poniendo el pie en el primer escalón Vamos, pensé.
Una más, otra más... y en el momento menos pensado él ya me había adelantado.
-¿No era yo la que había empezado primero?
-¡Es que te pesa el culo!.- Decía sacudiendo los brazos como un loco, y yo volví a sonreír como una niña pequeña viendo un payaso con la nariz roja.
Cuando llegamos a la puerta ya tenía las llaves en la mano preparadas para abrir y entrar al paraíso que era su casa. Lo primero que hicimos fue dejar las cosas en la sala y volver a salir de la casa para subir a la azotea y fumarnos un cigarrillo a la tenue luz de la luna. La contaminación lumínica se hacía eco en todos los lugares y nos robaba las estrellas, entonces yo volvía a recordar mi casa...
-¿Y esa cara que pones?
-Intento recordar las estrellas que veo desde mi casa y proyectarlas en este cielo triste... ¡Menos mal de la luna!
Un par de segundos le valieron para devolverme la alegría.
-No es tristeza, es enfado: Castiga a los que vivimos aquí por usar tanta luz. La luna sale porque la naturaleza es sabia...
-¿Y eso que tiene que ver?
-Es una amenaza: "Os hemos quitado las estrellas, os queda la luna, no hagáis que os la quitemos también".
Mil carcajadas salieron de mí. ¿Cuántas veces me hacía sonreír en un día? y sólo llevábamos un par de horas.
Un beso le bastó para decir sin decir: bajemos.

(...)

Y el resto es historia. Fueron noches para recordar de vez en cuando y olvidar cuando se pueda.

Sinceramente, siempre pensé que estaba más pendiente de no perder las llaves de su casa que de no perderme a mi.